Tres preguntas a la artista. Dominika Berger

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Foto: #francphotostories (fragmento)

 

Nacida en Wroclaw (Polonia) y afincada en Barcelona desde hace más de 20 años, Dominika Berger es una reconocida pintora y ganadora de varios premios y prestigiosos concursos. Sus obras se pueden apreciar en la célebre Sala Parés, la galería de arte con más historia de Barcelona. En esta entrevista cuenta sobre su manera de vivir el proceso creativo en el día a día y sobre su particular, íntima relación con sus cuadros. También comparte su punto de vista sobre el eterno conflicto entre seguir las reglas aprendidas y escuchar su propia voz creativa. Veamos:

 

He leído tu Diario de los 7 cuadros[1]. Tu relación con los cuadros es compleja. Se diría que tienen vida propia y los tratas más como a personas que como objetos. ¿Puedes contarme más sobre esta relación?

Incluso para mí, la relación con mis cuadros es un misterio absoluto.

Los temas empiezan a vagar por mi cabeza mucho antes de pintar, pero a veces no sé cómo hincarles el diente. Puedo tener un tema en la cabeza durante dos años antes de que finalmente me ponga a trabajar sobre él. No aparecen como ideas muy concretas: el mismo proceso de pintar el cuadro te guía mucho.

Paso muchas horas pintando y el cuadro se convierte en algo central en mi vida, el mundo exterior deja de interesarme. Se establece una relación muy intensa, a veces tanto, que pierdo objetividad. En esta fase no sé ni valorar si el cuadro es bueno o malo. Tengo que dejarlo reposar tres o cuatro días cara a la pared y, mientras tanto, empezar otro. Es lo que me permite finalmente descubrir cómo es, sus dimensiones pictóricas reales.

Cuando nacen, son como hijos. De hecho, muchos pintores no quieren vender sus cuadros, tan importante es para ellos el proceso pictórico y la misma obra. Creo que muchos no pintamos para vender, lo hacemos para nosotros mismos. Y si el cuadro se tiene que ir, prefiero que sea con una persona con la que tengo alguna conexión, así la separación es más fácil. Aunque siempre queda un poquito de añoranza.

Hace poco me invitaron a pasar una semana de vacaciones fuera y dije que no podía dejar de pintar por tanto tiempo. Se te va la vida en los cuadros», me dijeron. Pero mi vida es precisamente esto. Pintar, algo que siempre prevalece. Primero son mis hijos, y después, mis cuadros. Es lo más importante que tengo. No se puede vivir todo, porque pierdes la profundidad.

 

En tu proceso creativo, suele llegar un momento donde la artista muta en una investigadora que busca descubrir la naturaleza del cuadro, la verdad sobre él. ¿Existe una relación entre el trabajo artístico y el autoanálisis, una cierta «autoterapia» de la artista?

Creo que al pintar el cuadro, prevalece la intuición. Te dejas llevar por el instinto.  A veces el trabajo no es tan fluido: tienes que borrar, retroceder... Pero, a veces —si trabajas regularmente—, como gratificación obtienes unos días realmente mágicos y das unos pasos de los que nunca te hubieras creído capaz, algo se materializa a través de ti. No puedes describir bien lo que te ha guiado, sin embargo, obtienes lo que más deseas —a nivel pictórico, como acertar las perfectas proporciones de una mancha—. Es un misterio.

Pintar purifica el interior. Cuando llevas una carga emocional, los cuadros salen más profundos. Lo dicen muchos pintores: he pasado por tal cosa en mi vida, es una pena, pero mira, ¡saldrá un buen cuadro! Pintar es también, a veces, una tarea mecánica que puede apaciguar un dolor y hacer que te sientas liberada. En mi caso, consigo entrar en un estado parecido a la meditación. Sin embargo, no es equivalente a un psicoanálisis, porque no llegas a ser consciente de tu proceso interno.

De hecho, creo que la pintura es una manera de huir de la vida: es una dimensión donde te encuentras muy cómoda, aunque no significa estar siempre feliz, porque muchas veces la pintura te hace sufrir. Luchas con el cuadro y progresas como pintor, pero a la vez te aleja de la vida. Incluso podría perpetuar algunos problemas, si con ella escapas en lugar de afrontarlos.

A muchos pintores un psiquiatra nos diagnosticaría como obsesivos. Cuando te quieren sacar de tu mundo hacia la vida real, pasas por una sensación ligeramente desagradable, aunque la asumes para poder relacionarte con los demás. Y menos mal, porque si solamente estuviéramos pintando, es probable que el camino se acabase. Necesitamos estar en contacto con el mundo exterior.

 

Dices que las reglas académicas durante este proceso por fin empiezan a servirte porque las haces tuyas, las pones a tu servicio. ¿Cuál es la relación entre la creatividad y esas reglas? ¿Hay algún punto donde se encuentran?

Creo que en pintura realmente no hay reglas. Cada uno puede hacer lo que quiere y valdrá si los cuadros que le salen se defienden por sí solos. Ante un cuadro bien logrado, yo nunca preguntaré al autor si ha estudiado Bellas Artes. No importa: el cuadro responde por él.

La Academia de Bellas Artes de Cracovia, donde estudié —hoy, Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Cracovia—, es muy tradicional. Pasamos mucho tiempo haciendo ejercicios de dibujo y pintura y recibiendo correcciones de los profesores según criterios muy académicos. Entrenas la mirada. Por otro lado, la corrección nunca se hace en el vacío. Primero empiezas a pintar lo que quieres y la corrección viene después, en función de lo que haces y lo que miras, y así un profesor es capaz de guiarte. Cuentas con el apoyo de alguien experimentado que te permite ver más allá de tu subjetividad.

Pero en mi escuela, había mucho miedo de romper las reglas. Por eso no se manifestaba ningún genio, porque el miedo impide tomar los riesgos que podrían conducir a crear algo sobresaliente. No sé cómo es ahora el proceso de educación artística en Polonia. Habrá progresado, son otros tiempos, pero cuando yo estudiaba, sucedía así. Generaciones enteras de estudiantes reproducían la misma manera de pintar.

Después, cuando uno se queda solo, debe cuestionar estas reglas. No para negar lo aprendido, sino para hacerlas suyas. A esas alturas, ya se tiene suficiente sabiduría para ver si a su trabajo le falta algo. En algún momento, lo natural es arriesgarte a reconstruir con esos materiales unas reglas a tu medida, lo que no significa ponerse a hacer las cosas totalmente al revés: por ejemplo, yo, que pinto caras, no pondría una cara mal dibujada, aunque me permito “desdibujarlas” —pero siempre basándome en un dibujo bien hecho, no lo hago para tapar sus imperfecciones—.

Hoy ya he cogido mis propias medidas. Hace muchos años que sigo trabajando sola y ya sé lo que está bien o no en mi pintura. A veces no lo veo enseguida, pero sé que, si dejo reposar el cuadro, lo sabré. Tengo un camino muy marcado y voy pasito a pasito: un cuadro enlaza con otro de una forma natural. Hay que dejarse guiar por lo que despierta tu interés. Si sigues haciendo lo que esperan de ti, se apagará aquello que te atrae, esta cosa que es la razón para hacerlo, para dedicar tantas horas y no aburrirte… Si permites que eso se acabe, todo pierde su sentido, de verdad. No harás nada interesante.

 

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Puedes encontrar más información sobre Dominika Berger en su página web. Esperamos que la entrevista te haya resultado inspiradora 🙂

Fotos: #francphotostories

 

[1] Un diario creativo que complementó una serie de cuadros dentro del programa de Doctorado en la UB: Realidad Asediada: Posicionamientos creativos. Cuerpo, rostro e identidad. No editado.

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