Sobre ciertas Navidades

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Sobre ciertas Navidades

 

Ocurrió hace diez años. Acababa de terminar un posgrado en Antropología y estaba empezando una tesis doctoral sobre la relación entre el arte y la salud. A la vez, participaba en un equipo de investigación en la Universidad: un proyecto sin duda fascinante, pero, como le ocurre a muchos doctorandos, mi dedicación solo podía engordar mi currículum, no mi cartera. No conseguí la beca doctoral y me vi obligada a ponerme a trabajar donde sea para pagar el piso, la comida y estas cosillas de la vida que ni siquiera los amantes del arte y de la investigación pueden obviar. Así que aterricé en un gran centro comercial en el puesto de atención al cliente, trajeada de arriba abajo y maquillada como una muñeca, ocho horas al día mientras mi tesis me estaba esperando en casa cual bebé llorando.

 

Este centro comercial, bastante agradable para hacer compras, fue un lugar horrible para trabajar. Durante mis largos años de estudiante-emigrante había ocupado puestos variopintos. Nunca se me han caído los anillos por servir cafés, limpiar váteres, preparar mojitos o repartir publicidad, pero este sitio resultó ser malo, malo para la cabeza, malo para el cuerpo y malo para el alma de una persona como yo. En plena época de crisis casi no había clientes y los enormes espacios, relucientes y vacíos, solo albergaban mercancía y trabajadores. Trabajadores erguidos de pie durante sus ocho horas  —no vaya ser que algún superior te vea sentado o apoyado contra el mostrador— a pesar de no tener a nadie a quién atender, con una sonrisa postiza destinada a las cámaras de vigilancia y las inspecciones internas de la empresa. Matando las horas dando lustre y volviendo a lustrar los mostradores brillantes con un limpiacristales. Ordenando y volviendo a ordenar el género. Desempolvando y volviendo a desempolvar las estanterías impecables. Con un insoportable hilo musical de fondo.

 

Fue como despertar en una distopía. Este sitio estaba muerto y yo sentía que cada día me moría con él. Llegó, inevitable, el día en el que empecé a volver a casa llorando. Las horas robadas a mi tesis doctoral no me dolerían tanto si hubiesen sido empleadas haciendo algo útil, pero estas horas inmóviles, sonriendo forzosamente a cada traje con pin de responsable en la solapa, podían conmigo. Los segundos, los minutos, las horas caían como una gota malaya, mientras la tesis me estaba esperando en casa, cogiendo polvo. El sueldo mínimo que recibía no justificaba esta tortura, sin embargo, era indiscutible que lo necesitaba para sobrevivir, no conseguía encontrar otro trabajo y cada vez tenía menos fuerzas para buscar. De día perdía la energía luciendo el traje y una sonrisa falsa en los espacios vacíos, de noche reunía los miserables restos para trabajar en el proyecto de investigación. No daba para más, y pronto ocurrió lo inevitable: abandoné la tesis, el proyecto que más ilusión me hacía. Y la depresión me dio en la cara de lleno, instalándose más y más profundamente debajo de mi capa de maquillaje cada vez más gruesa para esconder las ojeras y la palidez.

 

No sé en qué momento de esta caída empecé mi creación subversiva, pero estoy segura que es lo que me salvó. Se acercaban las Navidades. Seguramente en esta época ya toqué fondo, y en tocar fondo hay una cosa que es potencialmente buena: la sensación que ya te da igual todo porque no puedes caer más bajo. A veces este es el mejor punto de partida, pero hace falta un impulso para rebotar del fondo. Y yo encontré el mío. Manteniendo el aire de ocupación —cosa imprescindible para que te consideren una buena trabajadora, aunque en realidad estuvieses desplazando papeles inútilmente de una estantería a la otra— empecé a reunir los catálogos navideños de diferentes departamentos del Centro, recortar de ellos imágenes y palabras, y hacer collage. Algunos los regalé a los compañeros más afines, otros viajaron por correo a mis amigos y familia en forma de tarjeta de Navidad. Cada pieza llevaba impresa una información: «Confeccionado a mano a partir de los materiales proveídos por el Centro Comercial, dentro del horario laboral.» 

 

La primera emoción que me impulsó fue la rabia. Mi acción artística iba a ser una venganza contra la realidad en la que me tocó vivir y de la que no supe cómo liberarme. Pero a partir de allí pasaron más cosas. Me empecé a sentir más sana. Me seguía sintiendo prisionera por fuera, pero mi cabeza empezó a ganar espacio. Me empecé a divertir buscando imágenes, recortándolos tragándome la risa para no despertar sospechas, componiendo tarjetas, uniendo los dibujos y las fotografías con las palabras. Siempre me gustó el collage, hasta hoy es mi técnica predilecta que uso para muchas cosas cuando trabajo con la arteterapia, porque veo que tiene potencial de generar cambio, más allá de lo puramente estético que también me llena y me divierte. Y esta vez el collage fue mi vía de escape. 

 

Le siguieron pequeñas viñetas de cómic en los postits de la oficina, los haikus, los esbozos de compañeros. Empecé a tener los bolsillos de la chaqueta de uniforme llenos de recortes y dibujos. Ahora los voy encontrando en mis cajas de recuerdos y me maravillan. No por su calidad, que los hay mejores y peores. Sino por la férrea voluntad de vivir que en mi caso se expresó, y se sigue expresando, por la necesidad de crear en las condiciones que sean. Cuando digo «buscar los espacios de libertad a través del arte», me refiero a estas pequeñas rebeldías en condiciones a veces muy complicadas. No hablo de grandes cambios, de desmontar toda la vida de uno para poder cambiar algo. Hablo de introducir estos pequeños elementos creativos en la vida cotidiana como si fueran trocitos de dinamita en una roca que, algún día, nos permitirán hacer volar por los aires aquello que nos oprime.

 

En unos días haremos un taller online, donde también recurriremos al collage y al concepto de buscar los espacios de libertad a través del arte. Esta vez, la realidad opresora y limitante la compartimos todos: nos tocó vivir una pandemia. Pero seguiremos buscando y encontrando aquello que sí se puede hacer, entre las muchas cosas que no se puede. Si quieres saber más, este es el link al artículo específico sobre el taller.

 

Feliz Navidad.

2 Respuestas

  1. Lide
    | Responder

    Domi….aupa!!!
    Valiente!!!
    Me encanta ver que sigues arte en mano
    creando y transformando!!!
    Lide

    • Dominika Dittwald
      | Responder

      Seguimos, Lide, ¡por supuesto que sí! Un beso.

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