Del por qué mantener orden en el cajón de los calcetines

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Del por qué mantener orden en el cajón de los calcetines

De repente se movieron en mi vida unas fichas cruciales, una tras otra, y el cambio repentino me dejó descolocada. Se juntó todo: el duelo por lo que se va, el miedo de lo que puede llegar, la incomodidad para con el presente... Sorteando los agujeros en la sinuosa carretera de la vida por la que subitamente empecé una bajada en picado, decidí actuar allí donde sí tengo algo de influencia. Y como poco puedo hacer respecto a las cosas que ya han pasado, y no me sirve de mucho estresarme por el futuro que aún queda por determinar, decidí forzarme a un frenazo y practicar lo que llaman “quedarse en el presente”. No, no haciendo mindfulness, al menos no en su forma pura. Me puse a ordenar la casa.

Es cierto que tener la casa desordenada es algo que me ocurre demasiado a menudo, y en el mismo tiempo pocas cosas tanto me sacan de quicio como ese desorden. Sin embargo, la tendencia al caos me ha acompañado desde siempre como una etiqueta, porque gracias a algún prejuiciosumamente estúpido que funciona en el inconsciente colectivo, está admitido que las personas creativas y/o con inclinaciones artíticas sean desordenadas, caóticas y en general son un desastre en menor o mayor grado. Casi parece que los artistas están condenados a vivir a la merced de su propio desorden, y hasta conozco a algunos que se las arreglan para tener la vida hecha un desastre en varios aspectos como si creyesen que de ello depende su confirmación como artistas. También conozco a artistas muy talentosos y al mismo tiempo mentalmente y materialmente ordenados, pero éstos destacan menos. De hecho, los artistas “ordenados” se suelen ocupar humildemente de su trabajo, mientras los artistas “caóticos” habitualmente tienen que dividir su energía creativa entre el trabajo artístico y la manutención de su propio ego voraz. Y no en pocos casos el arte pierde en esta competencia. Pero no entremos allí (que me tocaría hacer, quizás, demasiada autocrítica). Reflexionemos: ¿para qué una persona creativa necesita ordenar sus cosas? Y estoy hablando no de resolver las cuestiones metafísicas sobre el sentido de la vida y del arte. Estoy hablando de tener los cajones llenos de calcetines lavados, emparejados y doblados. Los platos en la cocina fregados y recogidos. La nevera llena. Las facturas pagadas al día. Saber cuánto dinero le queda en la cuenta para llegar a final de mes. Los animales domésticos y/o los niños, según el caso, que hayan comido de manera equilibrada y que estén debidamente vacunados... Estas cosillas.

¿Para qué una persona creativa necesita hacer todo esto? Veamos.

Empecemos por cómo lo hice. Sí, yo también he caído en el método de Marie Kondo y reconozco que estoy encantada. Reconozco también que no apliqué este famoso método de ordenar la casa de manera tan religiosamente estricta como sugiere la autora (empezar por ordenar la ropa, luego papeles, luego libros, luego...). Pero hice bastantes cosas y me sirvieron mucho. Lo que más me sirvió es este aparentemente estúpido ritual que caraceriza el método. La autora sugiere coger entre las manos cada, absolutamente cada objeto que poseemos, desde unas bragas hasta el sofá (en el caso de objetos voluminosos sería suficiente, supongo, con una suerte de imposición de manos sobre el objeto; en todo caso la autora insiste sobre el contacto físico). Seguidamente, hay que hacerse a uno mismo una sencilla pregunta: ¿esta cosa me hace feliz? Y escuchar, sin trampas, la respuesta emocional que aparece en nuestra consciencia. Lo que sentimos que no nos hace feliz, aunque sea práctico, aún esté bueno o nos haya costado dinero, la autora recomienda desechar inmediatamente.

Sí, es heavy, si lo piensas. ¿Un jersey que te haya costado medio sueldo y que está intacto en el armario porque resulta que el color no te queda tan bien como pensabas? Fuera. Pero si era caro... ¡Fuera! No hay excusa. ¿El libro que te regalaron y que ya te leíste y seguro que no lo volverás a leer otra vez? ¡Fuera! Pero si es un regalooo... Fuera igualmente. Marie Kondo es despiadada con según qué cosas. Ni siquiera las fotos y los objetos que tenemos de recuerdo se escapan a la purga. Yo no sería tan, tan estricta quizás. Pero el ritual de tocar el objeto y preguntarme qué siento al respecto y si me hace feliz, desde luego tiene su qué.

Porque, simple y llanamente, nos entrena poquito a poco en darnos cuenta de lo que nos hace felices de verdad. Y con lo que deseamos quedarnos. No porque estamos acostrumbrados desde hace años a tener este objeto, o a vestirnos de esta manera. No porque nos lo regalaron, impusieron o asignaron. No porque “aún está bueno y aún puede servir”. No porque se supone que me queda bien o me corresponde (aunque lo odie a muerte). Lo que SIENTO que ME FACE FELIZ. Punto.

Y es que resulta que cuando nos vayamos entrenando poquito a poco, este vicio de reconocerse cómoda con según qué cosas y en cambio no sentirse nada cómoda con otras, se le queda a una. Y de repente eso de “pero me lo regalaron, impusieron, asignaron... pero es que ya estoy acostumbrada a...” empieza a parecer una excusa barata. Respecto a cosas materiales... pero también a las no tan materiales, como un trabajo, una casa... Y ojo. Hasta respecto a las personas.

Así que empecé por doblar cuidadosamente mis pares de calcetines, y así poco a poco voy aprendiendo a identificar esta sensación muy sencilla, y muy fácil de reconocer en cuanto le pilles el truco: la sensación de que “está bien así”. Que esta cosa, estas circunstancias, esta persona me hace bien. En cambio aquella cosa, circunstancia, persona, me deja indiferente. O bien, claramente, me produce malestar. Y ¿qué diría Marie Kondo en este caso? Fuera. Ya lo sé. No siempre es tan sencillo. Pero de verdad, ir tomando conciencia sobre lo que uno quiere y lo que no quiere en su vida es un paso que no nos deberíamos saltar.

Soy arteterapeuta, así que llevo años aplicando a personas que atiendo, y autoaplicándome, ejercicios que tienen un objetivo parecido (lo conté aquí). Mis favoritos son la escritura automática (escribo 3 páginas cada mañana) y collage. Soy partidaria de la teoría que nuestro subconsciente sabe las respuestas a preguntas y conflictos que atormentan nuestra mente. Sólo hay que poner los elementos en orden.

Y sí, este ordenar la mente para encontrar las piezas que faltan y para regalarnos la tranquilidad puede hacerse a través del arte. Creo en ello firmemente, y la práctica cotidiana de mi trabajo me lo confirma. Las personas vienen a las sesiones con un saco de pensamientos y emociones mezcladas y sin identificar, como echados en un contenedor gris “para todo tipo de desechos”, y durante la sesión nos dedicamos a recuperar, ordenar y reciclar el contenido. Dibujando, escribiendo, practicando danza, esculpiendo en arcilla... las técnicas artísticas pueden ser muy variadas. Pero el objetivo es uno: ordenar, entender, escoger con lo que me quedo y con lo que no. Transformar lo temido, lo doloroso, lo confuso en una cosa nueva, con la que me será más fácil vivir a partir de ahora. Y aprender qué me hace feliz. Y, como se suele decir, por dónde quiero tirar.

Y ahora, desde hace unos pocos días, sé una cosa nueva. Que ordenar mi espacio físico, cotidiano, ayuda enormemente a recuperar el orden interior, hacer más espacio a mi arte, en el espacio físico y por dentro. Allí donde se libera el espacio mental ocupado hasta ahora por el caos, crecen ideas nuevas. Cuanto más recupero el control sobre esta parte de la vida que es “controlable”, tanta mayor sensación de seguridad y autoconfianza gano. Y eso me permite crear en paz. Y vivir en paz.

Así que ¡a revisar vuestros cajones, armarios, altillos! Y todo lo demás que os afecta de cerca y que podéis escoger... ¡Ánimos y suerte! Vale la pena.

 

 

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