Cómo la danza me salvó el corazón

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Cómo la danza me salvó el corazón

Paris. Una gélida y oscura tarde de noviembre deja intuir el pronto desembarque del invierno. Para llegar aquí sin castañear los dientes he tenido que ponerme un jersey gordo entre el chándal de entrenamiento y el abrigo. Cierro la puerta detrás de mí y saludo con la mirada el espacio conocido, una sala amplia en un centro cultural en funciones en una casa okupa. Durante una hora, por un módico precio, es solo mía.  

Mi casa queda cerca. Allí espera el que, atrapada en el cliché de la ciudad del amor, considero el hombre de mi vida. 

Traigo un CD. La canción que sonará, la voy tarareando desde hace días, voy marcando su ritmo con los pies mientras espero el metro, voy acompasando mi andar a la melodía en mi cabeza. Je t'aime, una frase prohibida, llega de contrabando a través de la canción a mi boca. Inspiro hasta que se me ensancha la caja torácica, para que el oprimido corazón tenga más sitio. Subo el volumen al máximo. Le doy al play

Je t’aime mi amore… 

Es el momento en que el parapente es arrastrado por el viento.  No tengo ninguna coreografía preparada. Es el viento-canción quién dirige mis movimientos. 

Guitarra, acordeón, percusión africana. El dulce y triste —bittersweet— canto de Césaria, el lamento de Salif. Su ritmo suave y sus voces me sumergen en el enamoramiento y enloquezco. El ritmo se hace carne. Y de repente el espejo refleja una mónstrua danzante.

Esto no es una danza, es una lucha. Doy patadas y puñetazos. No tiene nada de estético. Quiero aporrear el suelo con los pies y los puños como una niña poseída por una pataleta en medio de una tienda de juguetes. Llorando a moco tendido, con la cara roja, con manchas de sudor en las axilas. No soy una bailarina bonita y etérea, no tengo nada que ver con una señorita sonriente en tutú. Soy todo huesos, carne y sudor, y mocos, y gritos ahogados. Es un ring, no una sala de baile. Y enfrente tengo a mi amor.

El cuerpo sabe. Cuando nadie mira, cuando no me siento juzgada, cuando me comprometo a no juzgarme yo, cuando encuentro la suficiente compasión hacia mí para permitirme expresarlo, mi cuerpo sabe cómo contarlo todo.

Cuando agoto mis fuerzas, me seco el rostro, guardo el CD, cierro detrás de mí la sala y atravieso a solas las callejuelas oscuras, con el aire congelándome la cara por encima de la bufanda, y vuelvo a lo que entonces llamo casa —porque en esa época aún llamo casa a lugares donde vivo con miedo— donde me espera la sombra de él.

Tardé dos años más en liberarme, otros dos en reconstruirme. Pero ese día ya había escuchado algo importante en medio del ruido de mi pobre cabeza sobrecargada por la intensidad de las emociones. De milagro, oí  la voz – ¿del instinto de supervivencia?–. No encontré la solución, ni tampoco la valentía que un par de años más tarde tuve para recoger mis cosas y marcharme para no volver. Sin embargo, me encontré a mí. Por un ratito solo, lo suficiente para reanudar la relación perdida conmigo. 

Se me ocurre hoy, cuando escribo sobre ello, que los momentos así son arte en su estado más puro. Sin grabaciones en vídeo, ni fotos, ni lives en las redes sociales. Sin testigos. No hay nada más honesto que estos momentos efímeros de los que no queda ningún testimonio porque se hacen de corazón y de carne, actos confianza en los que el arte nos puede aliviar, nos puede sanar. Una creación artística como acto de amor: no el desafortunado y turbio enamoramiento hacia la otra persona, sino un amor verdadero hacia una misma. 

 

¿Por qué es terapéutico bailar?

Las ventajas terapéuticas de la danza improvisada son múltiples. Podemos acudir a ella por diferentes motivos: para relajarnos o hacer una parada en el ajetreo cotidiano, conectar con un estado de ánimo a través de la música seleccionada: alegre para levantar ánimos, triste para que lloremos lo que tenemos por llorar.  O para digerir, aceptar y, finalmente, transformar unas emociones que nos pesan y atormentan, y que no siempre conseguimos transitar mediante una reflexión intelectual. 

Movilizar el cuerpo en terapia deja a nuestra disposición una herramienta que puede ayudar a conectar con lo que nos habita, sacarlo a la luz y entenderlo desde la vivencia corporal. No creo que el trabajo corporal pueda reemplazar el entendimiento intelectual de las cosas, pero sí puede facilitar y enriquecerlo.

 

¿Quieres probarlo?

Siempre es una suerte poder contar con un buen terapeuta para acompañarnos en el proceso de transitar nuestras experiencias a través del trabajo corporal.  Para saber más sobre las sesiones de arteterapia, haz click aquí. Pero aunque no estemos en proceso de terapia, creo que podemos hacer algunas aproximaciones útiles por nuestra cuenta.

Te dejo un ejercicio para experimentar:

 

  • Ponte ropa cómoda y reserva media hora en un lugar donde no te molesten.
  • Prepara música. Puede que ya tengas en mente «esa canción» que ronda en tu cabeza, evocadora de un recuerdo, asociada a una persona concreta, una vivencia o unas circunstancias vitales. Si no, piensa en qué ocupa tu mente, e intenta, con plena consciencia, encontrarle una banda sonora, como si fuese una película. Puedes quedarte con una canción o con toda una playlist.
  • No te creas expectativas. No intentes hacerlo bien, reproducir ni crear coreografías. Para empezar, cierra los ojos, respira profundamente, siente tu cuerpo. Escucha la música y la emoción que resuena en ti. Deja que guíe tus movimientos. No te juzgues. Siéntelo y disfruta un espacio de libertad y sinceridad contigo mism@ que te acabas de regalar. Deja que la emoción te atraviese, que tu imaginación evoque imágenes, recuerdos. Baila como necesitas que sea bailado lo que sientes.
  • Cuando acabes, descansa y agradécete el regalo de haberte dedicado tiempo, de haber tomado en serio tus emociones y lo que necesita tu cuerpo. Y si quieres, escribe o dibuja, sin pensar demasiado, lo que te salga del alma en el momento. 

Si no tienes ninguna canción en mente, te dejo unas propuestas de mi propia playlist: una mezcla de temas tristes y alegres, meditativos, dramáticos y cursis. Quizás alguna te haga resonar. ¡Baila!

 

Y si quieres, escríbeme en el comentario cómo fue tu experiencia.

Una respuesta

  1. teresa carreras
    | Responder

    gracias Dominika tienes mucha razón. Planteas tu clase muy romanticamente. Yo desde hace dos años que descubrí que movilizar el cuerpo es una terápia. Me gusta el agua y la música. Por esto soy una aficionada a l’aiguagym que hago en una piscina exterior todo el año. Gracias por ayudarnos s empoderarnos. Saludos

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