¿Para qué dibujar un cómic autobiográfico?

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¿Para qué dibujar un cómic autobiográfico?

¿He contado ya que me encantan las libretas? Tengo decenas de ellas y sigo comprando. Viajaba con ellas y cuando me cambiaba de piso, las llevaba a cuestas. Hoy, en mi casa, he reservado una gran estantería únicamente para ellas. La mayoría abarcan mis páginas matutinas. Otras contienen un poco de todo: apuntes de clases y cursos, listas de compra, números de teléfono sin nombre, cuentas. Y también las hay de dibujos. A una de ellas, de color tapa rígida azul oscuro encuadernada con espiral, le guardo especial cariño. Es de una época especialmente creativa, rica en acontecimientos y emociones, cuando, sin comerlo ni beberlo, descubrí la potencia del cómic autobiográfico.

Fue durante un paréntesis de unos meses, cuando volví a Polonia después de dos años en Francia, atraída por un enamoramiento y, al mismo tiempo, urgida por una creciente depresión, originada por lo que los franceses, siempre tan poéticos, llaman le mal du pays. ¿Solo soy yo, o hay alguien más que, para exorcizar a sus demonios, recurre a los enamoramientos? Lo bueno es que en un plis te barren del cerebro toda emoción que no sea éxtasis y dicha absoluta. Ya sé que tiene también su parte mala, pero necesitaría varias entradas de blog y tampoco viene a cuento. Regresemos a mi pequeña historia. Borracha de pasión y, a un tiempo, corroída por una tristeza que no quería asumir, cerré todos mis asuntos en Paris, que no eran pocos: un trabajo, la universidad, el piso… una estabilidad que me había costado dos años de esfuerzo.

Cuando aterricé en Varsovia, mi príncipe azul me acogió sonriente, pero no hacía falta ser telépata para saber que tenía la cabeza en otros asuntos. En pocas semanas, ni mi colocón amoroso consiguió aturdirme tanto para que no vea lo obvio: ya no estábamos, como dicen los anglófonos, en la misma página. Sin entender la razón, comprendí que teníamos que despedirnos. Me sentí profundamente desgraciada y, a la vez, profundamente idiota. Mucho tiempo después supe que la página que mi pareja estaba leyendo con atención por entonces se llamaba Irena. No tengo ni idea de si era más guapa, más inteligente o más interesante que yo; quizás su principal ventaja residía en que estuvo allí en carne y hueso mientras que yo aún representaba un sueño inconcreto y lejano; ¿sabéis que muchos sueños pierden su encanto cuando se materializan? Cuidado con los deseos que se cumplen, que nos dejan sin aquello inalcanzable sobre lo que fantasear…

Había vuelto a Varsovia, ciudad que me vio nacer pero que no me permitía madurar y después del desengaño, sin muchos planes, con lo que creí que quería —casarme, tener hijos, comer perdices— repentinamente anulado, necesité cambiar el rumbo del barco y empecé a dibujar como una loca. Así nació Murka.

Murka fue todo lo que yo no alcanzaba a ser en aquellos momentos de confusión, de reubicación y de búsqueda de nuevas ilusiones. Era alegre, desenfadada, se comía la vida a mordiscos. No necesitaba a nadie para sentirse completa. Era todo energía, belleza, desparpajo. Mucha risa, que en estas primeras semanas me hacía tanta falta. No sufría de desamores, su autoestima estaba intacta. Y poquito a poco, se empezó a construir un puente entre mi desubicado yo y este personaje vitalista. Cada vez más, me encontraba en el espejo con su mirada cómplice, con su sonrisa pícara.  A un ritmo lento, pero constante, mi cuerpo recuperaba las ganas de bailar, de abrazar, de palpar y saborear la vida.

No dibujaba las viñetas de Murka encerrada en casa y rodeada de kleenex empapados de moco y lágrimas. Más bien, me ponía a dibujarla de madrugada, tras la juerga. Mi amigo de toda la vida —bendito seas, Jurek— una noche sí y otra también me acompañaba a recorrer todos los clubs de ambiente de la ciudad, a beber y bailar como si no hubiera un mañana. Esos mágicos instantes que ocurren justo antes del alba, cuando el cielo empieza a clarear y llenarse de pinceladas rosáceas y luminosas, me encontraban en la cocina del piso compartido, llenando las hojas de tinta. Mis compañeros —tiernos amigos de esa época— se levantaban cuando yo me iba a dormir y se encontraban la mesa cubierta de nuevas viñetas, el cenicero aún humeante a rebosar y la pila llena de bolsitas de té. Creo que no me echaron por cochina solamente porque les encantaban Murka y sus aventuras.

Después de veinte años, Murka sigue conmigo. En las páginas de la libreta que atesoro, y también en el espejo, añadiendo su brillo especial a la mirada de la mujer adulta. Me enorgullezco de ello, y espero que no quiera abandonarme jamás.

 

Ejercicio:

Dibujar un cómic autobiográfico puede ser una forma muy provechosa y, a la vez, divertida, de trabajo con los heterónimos. Igual que en una obra literaria de autoficción, puedes aventurarte con tu avatar en todo tipo de situaciones. ¿Cómo se desenvuelve tu personaje en su realidad fantástica? ¿Cómo lo haría en tu realidad actual? ¿Qué puedes aprender de él?

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