Del por qué de los viajes imaginarios. Arteterapia con personas con discapacidad intelectual

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Desde el año 2014 tengo el placer de llevar jornadas anuales de expresión artística destinadas a personas adultas con discapacidad intelectual. ¿Cómo lo hago? ¿Por qué lo hago? ¿Cuáles son los beneficios de trabajar con la arteterapia para este colectivo? Os lo cuento de primera mano.

En el país donde vivo soy extranjera, y quizás por eso, al verme desplazada respecto a mi lugar de origen, a menudo la gente presupone que me gusta viajar. Nada más erróneo. Aborrezco hacer las maletas, esperar en los aeropuertos, perderme en lugares desconocidos, hasta dormir en una cama que no es mía. Sin embargo, hay una manera de viajar que me chifla y que me hace feliz, cada segundo de la ida, la estancia y la vuelta. Justo pasé tres intensas semanas entre enero y febrero viajando de esta manera, y aún estoy deshaciendo la maleta de mis experiencias y recuerdos, ordenándolos, valorando, comprendiendo, sonriendo. Este texto forma parte de esta etapa post-viaje, y contar la experiencia no solamente me permite compartirla, pero también digerirla y comprenderla profundamente.

Soy arteterapeuta. En este artículo me saltaré la definición de esta técnica terapéutica (aquí podéis encontrarla) y pasaré directamente al tema. Al oír el término “arteterapia” es lógico que nos imaginemos que quizás se trata de alguna actividad artística que cura a la gente. De cáncer, de Alzheimer, de psicosis, de depresión. Sí, desde la arteterapia se puede trabajar perfectamente acompañando a enfermos de estas dolencias, y muchas otras. No, no cura en el sentido de obrar un milagro y quitar la enfermedad. Si el objetivo es abrir un proceso terapéutico, allí el arte induce a expresar, integrar y transformar cosas que serían difíciles de trabajar tan solo a partir de la expresión verbal. Cosa que en efecto puede llevar a importantes resultados terapéuticos.

Pero es que además de esto, el arte cura en el sentido en el que la belleza, la creatividad y la risa son fuerzas sanadoras para el ser, con toda su profundidad y complejidad. Y lo explicaré con el ejemplo de mi «viaje»: una serie de talleres con grupos de personas con discapacidad intelectual. El término “viaje” aparece aquí simbólicamente (porque fue una gran aventura), pero también literalmente, porque “El viaje” fue el tema de las jornadas de este año (estas jornadas). Trabajé con 4 grupos de entre 12 y 16 personas adultas. Con cada grupo hicimos una serie de 3 sesiones de 2 horas, una por semana. Hasta aquí los números.

La magia de la arteterapia transdisciplinar consiste en emplear diferentes técnicas artísticas que se atraviesan, completan y se interrelacionan una con la otra. Nuestro viaje empezó por escuchar música y por hablar de viajes: los que ya hicimos, los que nos gustaría hacer y luego sobre los lugares que evocaba la música que escuchábamos. A partir de las asociaciones libres que comunicaban los integrantes del grupo al escuchar la música – por ejemplo, colores, presencia del mar, de los árboles, de personas… – describimos entre todos un lugar imaginario al que nos gustaría ir juntos de excursión.

Llegó la hora de materializar la idea. Una de mis herramientas favoritas es trabajar con un conjunto de telas de gran tamaño de toda gama de colores, texturas y grosores. Con una docena de telas se puede crear, literalmente, cualquier escenario. Así que las telas nos sirvieron para construir una playa, el mar, para disfrazarnos, escondernos, convertir una columna de la sala en un árbol, y un par de sillas en una tienda de campaña.

Entonces llegó la hora de poner el cuerpo en juego. Por este país imaginario caminamos, corrimos, hasta nos arrastramos por el suelo cuando tocaba nadar en el mar, o huir de un cocodrilo que se escondió entre la verde vegetación en la orilla del río Amazonas. Nos tuvimos que ayudar unos a otros a cruzar un puente.

Hubo quien no quiso caminar con los demás, pero que disfrutó muchísimo tocando un instrumento de percusión e imitando a un gran mosquito, del que todos huyeron para que no les picase. Hubo quien descubrió la vocación de convertirse en un enfermero para curar las picaduras del malicioso mosquito a sus compañeros. Hubo quien quiso proteger, otro que quiso mandar, otro construyó una tienda de campaña para uso de todos, y otro se empeñó en conducir el imaginario autobús en el camino de vuelta desde nuestra isla imaginaria.

Aquí llegamos al quid de la cuestión. Estoy describiendo, y muy por encima, solamente algunas de las muchas dinámicas que realizamos, conectadas entre sí, todas explorando el concepto del «viaje». ¿Para qué sirve todo esto? Recordemos que estamos hablando de trabajar con personas adultas con discapacidad intelectual de grado importante, la mayoría de ellas además con discapacidades físicas, de movilidad, de vista, de oído, en sillas de ruedas. Muchos con dificultad o falta de expresión verbal. ¿Qué sentido tiene allí montar una isla imaginaria de cuatro trapos de colores y contar cuentos? Aquí (al menos en el trabajo grupal) no entraremos en un proceso terapéutico profundo, y más claro que nunca queda que no «curaremos” a nadie de nada. Entonces ¿para qué, por qué hacerlo?

Hay una frase – no sé quién es su autor – que me encanta: «jugar es cosa seria”. Habla de juego de niños, pero creo que podemos extender su sentido a todos los colectivos o personas que se aventuran a jugar con el arte. No a ejercer el arte, sino, justamente, a jugar con él. Este juego trae infinitos beneficios. En el caso de personas con discapacidad intelectual la oportunidad de expresarse, de co-crear, de responsabilizarse por sus decisiones, de actuar en el grupo, de probar diferentes roles dentro del mismo, de asociar ideas, de imaginarse cosas, es un trabajo inmenso, y por supuesto, tiene un efecto terapéutico. No quita la discapacidad, pero ayuda a ensanchar los límites.

Y casi siempre ocurren pequeños milagros: una persona conocida por su desinterés hacia las actividades de repente se enamora de un instrumento musical, otra descubre que le encanta pintar con las manos, otra se pone a bailar aunque habitualmente no lo hacía. Un efecto colateral de este tipo de actividades es que las personas conectan con diferentes formas de expresarse a través del arte. Conectan y les funciona.

Hay que saber que estamos hablando de un mundo de grandes individualistas. Cada persona con estas características es un mundo aparte, con su lenguaje particular, sus preferencias y sus aversiones muy presentes, con sus dificultades expuestas y sus escondidos talentos. Aquí las normas sociales no sirven para descodificar a personas. A cada uno hay que darle atención por separado y comprenderlo por separado. Objetivo quizás imposible de conseguir del todo en los grupos grandes, pero que por lo menos nos indica la dirección para actuar. Por eso, un taller de este tipo conlleva muchísimo trabajo, y nunca podría haberlo realizado si no fuese por la ayuda de las monitoras, por lo que me siento muy agradecida.

Pienso que quizás lo más importante es que el terapeuta sea el primero, la primera, que se crea el juego. Que disfrute disfrazándose, bailando, huyendo a cuatro patas de un cocodrilo imaginario. Que acabe despeinado, sudado, cansado de compartir tantísimas carcajadas, porque el humor aflora siempre en estas historias, y realmente es el motor más potente que las mueve. Que le guste la gente con la que trabaja, pasar el tiempo con ellos, contar y escuchar historias. Que sienta ternura y acepte la ternura que le llega por parte de los pacientes.

Y sin perder nada de su profesionalidad, sin perder de vista la seriedad de su tarea, sin saltarse el rigor de crear un espacio terapéutico, y sin dejar nunca de estar atento a lo que ocurre a las personas con las que trabaja, es vital que el terapeuta invite a jugar a este famoso niño interior que todos llevamos dentro. Es su mejor aliado en este tipo de trabajo.

Para concluir, una pregunta que me hago (hay quienes dicen – y no es falso del todo – que nos formamos como terapeutas para aliviarnos de nuestros propios problemas): ¿De qué me cura a mí mi trabajo? ¿Qué me aporta?

Respuesta: me cura de la excesiva seriedad y preocupación por las cosas que no importan tanto. De la excesiva concentración en mí misma, del vicio de mirarme el ombligo. Me vacuna contra el desprecio hacia el otro por ser diferente. Y contra la frialdad, y la impaciencia, y contra el mayor de los males: la indiferencia. Contra el mirar al otro como si fuese un personaje irreal, del otro lado de la pantalla de la televisión. Me recuerda constantemente que en cada persona – aunque a veces muy profundamente – se esconde un brote de alegría, de salud. A veces para llegar a descubrirlo hay que emprender un largo viaje. Pero si hay algo en la vida que vale la pena, digo yo, es hacer la maleta y atreverse. Y en definitiva, hago este trabajo para nunca permitirme dejar de viajar.

(traducción del post al polaco)

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