Cinco cosas vitales que he aprendido en un círculo de mujeres emprendedoras

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Acaban de terminar unos nueve meses muy significativos. Algo se ha creado, ha crecido en mí, fue una época de desarrollo constante y consciente. 

Hace un año nos animamos seis mujeres —a una la conocía bien, a otra, poco, a las demás nada— a dar vida a un círculo según la estructura propuesta por el proyecto Extraordinaria.

Yo andaba ya desde hace tiempo a la búsqueda de un grupo que me inspirase, nutriese y sostuviera en mi trabajo creativo, donde, a la vez, yo pudiera ofrecer conocimiento, presencia y apoyo a los demás. Dije que sí sin pensármelo mucho. 

Nos comprometimos a vernos una vez al mes durante nueve meses. El propósito de los círculos es tomar mensualmente el pulso al desarrollo de nuestros proyectos. Establecimos también un pequeño ritual de comienzo y de cierre de cada reunión. Con estos elementos como puntos de partida, confiamos en que todo se andaría. Así empezamos a trabajar juntas, sin saber muy bien qué esperar.

Arrancamos en octubre 2020, en plena pandemia. Después de los dos primeros encuentros, que fueron presenciales, tuvimos que pasar al modo online. Prácticamente no nos conocíamos aún. Me sigue maravillando lo que nos comprometimos, la voluntad que mostramos para seguir con ello.

Durante esos meses nos ha pasado de todo: constantes ajustes de los proyectos al modo pandemia, el miedo, la incertidumbre. Muertes de familiares, enfermedades, crisis, diferencias, desencuentros, bajones, nada de eso pudo con nosotras. Allí estuvimos todo este tiempo, sosteniendo como campeonas todo esto, con un enorme voto de confianza hacia unas casi desconocidas, que con el tiempo se han convertido en hermanas.

He aprendido muchas cosas compartiendo el viaje.  Aquí vienen las cinco principales:

 

1: Mi proyecto representa mi modo de vida, es coherente con quién soy yo.

Al principio, en los encuentros comentábamos qué sucedía con nuestros proyectos. Pronto, descubrimos que lo profesional se entrelaza continuamente con lo personal. Poco a poco empezamos a compartir también nuestras historias vitales. No solamente porque creció la confianza y los tiempos estuvieron cargados de acontecimientos.

Entre todas observamos que los tiempos y los ciclos en la vida personal se reflejan en el proyecto. Entendimos que hay que emplear nuestra limitada energía de manera sabia y consciente allí donde corresponde en cada momento. Aunque haya momentos de pausa, que parezcan, quizás, de inactividad, a menudo, esas épocas de reposo, de reflexión, de valoración interna, daban pie a transformaciones posteriores con mucho impacto.

 

2: Hay que convivir con el proyecto, no explotarlo.

Descubrimos que la manera de llevar los proyectos con la que mejor nos sentimos, es al modo de la agricultura ecológica. Cuando nos ponemos a cultivar la tierra (tengo un huerto desde hace tres meses y ya me las voy dando de entendida), aprendemos a diferenciar y respetar las etapas de crecimiento de nuestras verduras: la preparación de la tierra, luego la siembra, el cuidado, la recolección, el barbecho.

En vez de insistir en el monocultivo y el uso de sustancias tóxicas para ahuyentar a los bichos, tratamos al proyecto como un ente que crecerá con nosotras para nutrirnos.

 

3: En el círculo todas tenemos que ver con todas.

Después de pocas sesiones, observamos que nuestras historias se entretejían de una manera casi mágica. A pesar de que tenemos estilos bastante diversos, como mujeres y como emprendedoras, cada vez nos veíamos más reflejadas unas en otras, reconocíamos las historias de las compañeras como algo que habíamos vivido o que quizás viviésemos en el futuro.

En el fondo no somos tan diferentes unas de otras. Escuchar con atención lo que está pasando a una compañera y cómo lo está gestionando ha sido muchas veces la mejor masterclass. Aprendimos muchísimo y nos inspiramos mutuamente.

 

4: Cómo funciona una relación entre hermanas.

Yo no tengo hermanas biológicas y lo de las hermandades y círculos de mujeres durante bastante tiempo me parecía… que no era para mí. Estaba muy acostumbrada a actuar como una loba solitaria, aunque tengo varias buenas amigas.

Pero aquí me vi pertenecer a un grupo de mujeres que no necesariamente estaban siempre de acuerdo, no necesariamente estaban siempre rebosantes de ganas y de motivación y, sin embargo, se reunían cada mes unidas por algo muy importante y, con toda la paciencia del mundo, tejían la red de confianza y apoyo.

Todo esto me hace sentir que sí que tengo hermanas, con todo lo que ello implica. Por otra parte, algunas de las compañeras que sí tienen hermanas biológicas, también vivieron una interesante y positiva transformación, pero eso mejor que lo cuenten ellas.

 

5: Cómo mantener el compromiso a largo plazo.

Un gran tema que parece obvio, pero que descubrimos que cada una lo acababa interpretando a su manera. ¿Qué significa para mí llegar puntual o con retraso al encuentro? ¿Qué razón me parece suficientemente importante para ausentarme de un encuentro? ¿Cómo se lo comunico a las demás? ¿Les debo explicaciones o doy por hecho que hay suficiente confianza en la relación para no tener que hacerlo? Con estos sencillos temas, inevitables en cualquier grupo de personas que inician una colaboración a largo plazo, aprendimos mucho.

Una lección: no dar nunca por hecho que entiendo cómo funciona la otra persona y que sé cómo piensa. Hace falta hablar, explicarse, conocerse. Hace falta también confiar. Y, sobre todo, nunca perder de vista ese beneficio común que nos une desde el principio. Recordar que estamos aquí juntas porque cada una ha dado un paso consciente hacia el compromiso común.

También nos ha hecho bien comprometernos desde el principio para un número concreto de sesiones, para luego tener tiempo de descansar, valorar la experiencia y renovar (o no) el compromiso con el proyecto a partir de la siguiente temporada, pasado el verano. 

 

Dedico este artículo a mis compañeras-hermanas del círculo Belladona, agradeciéndoles por este tiempo de crecimiento y deseándoles un feliz verano. ¡Seguimos!

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